La performance nace históricamente asociada a una promesa de ruptura: desobedecer al objeto, al texto, al rol, al mercado, al teatro mismo. Pero esa promesa, con rapidez, se vuelve estilo; luego lenguaje; después competencia técnica; finalmente, expectativa institucional.
El problema no es que exista una forma —toda práctica produce forma—, sino que la forma preceda al acto.
El performer ya sabe cómo debe verse una performance antes de actuarla.
El gesto no descubre: confirma.
Ahí se pierde la libertad. No en la organización, sino en la previsibilidad del sentido. La performance se reconoce como tal incluso antes de suceder. Es legible, correcta, “funciona”. Y por eso mismo es inofensiva.
La performance como dispositivo de autocontrol
La performance se vigila a sí misma. No necesita censura explícita: se autocorrige de manera constante.
—¿Esto sigue siendo performance?
—¿Esto se entiende?
—¿Esto es pertinente, actual, visible, programable?
El cuerpo ya no arriesga su pensamiento: administra su imagen.
El acto no se abandona a lo desconocido: se asegura contra el error.
La performance se convierte así en un ejercicio de buena conducta estética.
Es su propio policía. No necesita una ley externa porque ha incorporado el reglamento en su musculatura, en su tempo, en su silencio calculado.
Pudor, ligereza, ausencia de noche
La llamada “performance pudibunda” no expresa una nostalgia por lo violento ni por lo excesivo, sino algo más grave: la falta de peso.
Falta peso porque falta noche.
La noche no es oscuridad decorativa. Es aquello que no se deja traducir de inmediato, lo que no puede explicarse en el dossier, lo que no se agota en la experiencia de un día.
Sin noche no hay duelo.
Sin duelo no hay pensamiento.
Sin pensamiento no hay obra: solo tránsito.
Estas performances “encantadoras” no incomodan porque no permanecen. No insisten. No se incrustan. No vuelven. Son experiencias amables, circulables, instagramables del tiempo. Pero no dejan resto.
La ausencia de autor: no como ego, sino como riesgo
Hablar de “ausencia de autor” no remite a la firma, ni a la identidad, ni al genio. Remite a una responsabilidad existencial.
El autor no es quien se expresa, sino quien se compromete con una necesidad.
Quien no puede no hacer.
Quien arriesga perder algo —prestigio, legibilidad, pertenencia— en el acto.
La performance sin autor es aquella donde nadie responde por lo que ocurre. Donde el gesto podría haber sido hecho por cualquiera. Donde el cuerpo no está atravesado por una urgencia, sino por una consigna implícita: así se hace hoy.
Ahí no hay libertad: solo correcta ejecución de una expectativa colectiva.
Obediencia estética y muerte generacional
Las “generaciones muertas” no remiten a una edad biológica, sino a una vitalidad crítica. Hay jóvenes que ya nacen obedientes porque heredan formas sin conflicto, lenguajes sin herida, gestos sin genealogía.
La performance se convierte entonces en tradición vaciada de riesgo, en ritual sin peligro, en repetición sin temblor.
La libertad no como caos, sino como insistencia
La performance libre no es improvisación permanente ni desorden. Es aquella que no sabe del todo lo que es mientras ocurre.
Aquella que no se protege de su propia potencia.
Aquella que acepta fallar, callar, aburrir, durar, incomodar, no ser comprendida.
Es una práctica que no se justifica, que no se explica antes de existir, que no se adelanta a su recepción.
Por eso no es entretenimiento ni viaje: es insistencia.
Insistencia sobre una herida común.
Sobre el duelo de vivir.
Sobre ese lugar radical donde todo pensamiento se vuelve cuerpo.
En última instancia, lo que se reprocha no es a la performance como campo, sino a su renuncia a la desobediencia.
Cuando deja de traicionarse a sí misma, deja también de ser necesaria.