viernes, 3 de octubre de 2025

Sergio Chazarreta: el ensayo escénico como corazón del teatro santiagueño



En la escena teatral santiagueña hay nombres que marcan época, y Sergio Chazarreta es, sin dudas, uno de ellos. Su aporte no se limita a las obras que ha dirigido ni a los festivales en los que ha participado: su mayor legado es haber convertido el ensayo escénico en el verdadero corazón de la creación teatral en la provincia.

En un territorio históricamente periférico dentro del mapa teatral argentino, donde Buenos Aires suele imponerse como centro de legitimación, Chazarreta apuesta por otra cartografía: el ensayo como espacio de resistencia, de investigación y de comunidad. Para él, el ensayo no es un paso previo al estreno, sino un territorio vivo, un laboratorio en el que el teatro se hace y se piensa simultáneamente. Allí los cuerpos no solo repiten textos o coreografías: se transforman en ensayistas de sí mismos.

El cuerpo, entendido como archivo y campo de experimentación, se vuelve el lugar donde se interroga la memoria, se revisa la identidad y se ponen en juego las tensiones del presente. Lo que emerge en este proceso es una dramaturgia del ensayo: una práctica que produce escena a partir de la exposición radical al instante, donde la representación cede lugar al acontecimiento.



El ensayo como ritual de aterrizaje

Víctor Luna lo describe con una potente metáfora:

> “Los ensayos son esos viajes de aterrizaje semanales donde el ensayista, llegado el viernes, desciende como cual aeronave y se conecta a un scanner para chequear en tiempo real la carga, lo experimentado hasta ahí y lo que proyectamos como ensayistas. En los encuentros alimentamos la consciencia corporal, nos volvemos permeables para recibir, disponer y reaccionar ante la mirada de Sergio y Mauri. Ensayamos la no representación: la escena ya está sucediendo y decidimos entrar con la incerteza de lo que el momento nos demande accionar o no”.



Su metáfora del “viaje de aterrizaje” revela al ensayo como un ritual de retorno y de chequeo existencial. El ensayista no llega a un espacio vacío, sino a un scanner donde se registra lo vivido y se proyecta lo posible. Su referencia a la “no representación” conecta con el teatro posdramático (Lehmann): la escena no se espera ni se fabrica, ya está ocurriendo, y el actuante se dispone a entrar en ella con la vulnerabilidad de no saber. El ensayo se vuelve así un ejercicio de presente radical.



La ética del desaprendizaje

En sintonía, Lucre Figueroa aporta otra clave de lectura:

> “Desaprender, abandonar es tan importante como encontrar; lo importante es respirar de manera consciente, que es lo que queda después que termina la escena”.



Aquí el ensayo se desplaza hacia una dimensión ética. La pedagogía de la renuncia, del desaprender, introduce la idea de que no todo se sostiene en la acumulación de técnicas, sino también en la capacidad de soltar. La respiración consciente, último residuo de la escena, funciona como metáfora de lo esencial: el teatro no sobrevive en lo espectacular, sino en lo vital, en el cuerpo que respira y recuerda que está vivo.



La afectación como territorio compartido

 Fittipaldi, por su parte, enfatiza la noción de afectación:

> “La experiencia de Ensayo me presentó una nueva perspectiva sobre la escena, permitiéndome poblarla con un compromiso absoluto con lo que sucede dentro y fuera de mi cuerpo. Sin mandatos, sin arbitrariedad. Descubrí, entre tantos otros, el concepto de ‘afectación’, que pareciera abarcar tanto los aspectos técnicos reconocidos como la necesidad de la escena. Siento que esto expandió enormemente nuestro universo y nos habilitó a explorar nuevas posibilidades de manera colectiva con gran contención”.



La afectación permite pensar el ensayo como campo de cruce entre lo técnico y lo sensible, lo individual y lo colectivo. Enfatiza la dimensión de cuidado mutuo: el ensayo no es solo autoexploración, sino expansión de un universo común.



El ensayo como acto político-estético

Para Caro Jakas, el ensayo condensa una dimensión política y amorosa:

> “Diría que el ensayo como acto político estético poético es el amor más sincero de la vida artística mía y de todes nosotres. Porque habilita la transformación del recorrido metodológico propio. Y crea un código ‘pareciera invisible’ NUESTRO”.



Su testimonio propone el ensayo como acontecimiento que desborda lo artístico y se convierte en práctica de comunidad. El “código invisible” funciona como lenguaje compartido que sostiene una memoria colectiva y una ética de creación común.


La dirección como escucha anticipatoria

Eli Giménez ilumina la práctica de Chazarreta desde la dirección:

> “Criada/formada en una forma de hacer teatro que muchas veces silencia el poder creativo de los actores y actrices, con directores que imponían formas heredadas de la vieja escuela; encontrarme con Sergio hace ya casi 10 años, fue el puntapié para comenzar a valorar mi propio ser creador.
Con una dirección amorosa pero no por eso menos poderosa, Sergio lee cada parte que compone la escena. Con la premisa de que tanto ensayistas, espacio y elementos compositivos estamos en la misma línea horizontal; logra ver anticipadamente la jugada y sugiere 'directivas' personalizadas. Cada ensayista consigue tener una lectura de sí mismo, mientras forja una relación desde lo colectivo y otra muy necesaria que se da con quien guía...”.

La diferencia con la vieja escuela de dirección —vertical, autoritaria— es radical. Chazarreta trabaja en horizontalidad, personalizando sus directivas sin romper la lógica colectiva. La dirección se convierte en diálogo con la escena y en práctica de cuidado, donde los ensayistas son puentes entre lo vivo de la escena y la visión anticipatoria del director.



El arraigo territorial

Finalmente, Néstor Basualdo amplía el horizonte:

> “Ensayar con Sergio me conectó con mi propia memoria y con la memoria de este territorio. Cada gesto, cada respiración, pareciera traer consigo una historia más grande que uno mismo. La escena no está solo en el cuerpo, también está en la tierra que habitamos y en la cultura que nos atraviesa”.

Su mirada sitúa el ensayo en un plano territorial. La práctica no se limita al cuerpo individual, sino que se expande como tejido de memorias compartidas. Cada acción activa tanto la biografía personal como la memoria cultural de Santiago del Estero. Ensayar, aquí, es también resistir y pertenecer.



En tiempos donde lo urgente parece dominarlo todo, Sergio Chazarreta recuerda que el teatro necesita de la paciencia del ensayo: ese espacio donde lo frágil y lo inacabado encuentran su fuerza. En Santiago del Estero, gracias a su visión, el ensayo escénico no es preparación, sino creación, memoria, comunidad y política.

Así, lo que ocurre en estos ensayos dialoga con lo que Richard Schechner define como performance —un acto vital de memoria y transformación— y con lo que Lehmann describe como la escena posdramática: un espacio donde la representación cede ante la presencia. En la práctica de Chazarreta, lo global encuentra su traducción local, y lo local se afirma como núcleo de un teatro que se piensa desde la periferia, pero con una potencia universal.

Santiago del Estero no solo tiene más teatro: tiene un teatro más consciente de sí mismo, enraizado en la memoria del territorio y abierto a la invención del presente.

Texto : negra77 
"Agradezco el aporte de texto de los integrantes del ensayo, aquí citados, que amorosamente me ayudaron a construir este escrito."

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