La obra Aquí estamos, aunque nos maten del artista mexicano Lalo Alegre emerge como un dispositivo de memoria y denuncia frente a la necropolítica que atraviesa a la comunidad LGBTQ+ en México. Compuesta por 30 cráneos de cartonería pintados con los colores del arcoíris, cada uno portando un insulto homofóbico y acompañado por fichas con nombres reales de víctimas de crímenes de odio, la instalación se erige como un altar contemporáneo y un espacio de resistencia simbólica.
Más que un objeto decorativo, la pieza se inscribe en una poética del duelo político. Judith Butler, en Marcos de guerra, advierte que no todas las vidas son lloradas de igual manera: existen vidas que, al ser despojadas de reconocimiento, quedan fuera del marco de lo que una sociedad considera “digno de duelo”. Alegre confronta precisamente ese vacío. Su obra no sólo recuerda a las víctimas, sino que restaura su posibilidad de ser lloradas públicamente, devolviéndoles humanidad a través de la materialidad del arte.
El cuerpo y el altar como territorio político
El uso del cráneo —símbolo de muerte, pero también de persistencia— remite a la estructura del tzompantli mesoamericano, reinterpretado aquí como una topografía de la violencia contemporánea. En ese sentido, la obra articula una doble genealogía: una memoria indígena del sacrificio y una memoria moderna de las víctimas del odio.
El altar se convierte así en un espacio intermedio, entre lo ritual y lo político, donde el duelo deviene acción colectiva.
Achille Mbembe, en su concepto de necropolítica, plantea que el poder contemporáneo se ejerce a través de la gestión de la muerte: decidir quién puede vivir y quién debe morir. Alegre responde a esa violencia estructural desde el gesto artístico: los cráneos de colores, lejos de naturalizar la muerte, reclaman el derecho a la visibilidad, o como diría Nelly Richard, a la “inscripción en el campo de la mirada pública” de aquello que la norma intenta borrar.
Censura y colonialidad estética
El rechazo institucional a la obra por parte del Museo de Arte Popular de Oaxaca —que la excluyó por “palabras altisonantes” y “temas inapropiados”— revela una colonialidad estética persistente: el intento de reducir el arte popular a lo decorativo y neutral, despojándolo de su dimensión crítica.
En ese gesto de censura se encarna lo que Richard denomina la pedagogía del orden visual: el museo como espacio que decide qué imágenes pueden ser vistas y cuáles deben permanecer invisibles.
La pieza de Alegre subvierte esa lógica al situarse en el límite entre arte popular y arte político. Es cartonería, sí, pero es también un acto de duelo y denuncia; un altar que rehúsa la complacencia de la forma para decir la verdad del dolor.
El arte como práctica de persistencia
Frente al intento de silenciarla, Aquí estamos, aunque nos maten reafirma el poder del arte como práctica de persistencia y cuidado. La obra no busca escandalizar, sino sostener la mirada ante lo insoportable. Nos recuerda que el arte puede ser, en palabras de Butler, “una forma de rehacer el mundo después de la pérdida”.
El título mismo —una declaración de existencia— es un gesto performativo: “aquí estamos” no como afirmación individual, sino como acto colectivo de sobrevivencia simbólica. En ese decir, el arte deviene cuerpo: un cuerpo que insiste, que se rehace entre las ruinas de la violencia.
Negra77
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