Cuando el presidente Milei dice “la estamos rompiendo”, no habla solo desde un lenguaje de éxito, sino desde una gramática del derrumbe. En su voz, el verbo romper se vuelve símbolo de una política que celebra la destrucción como sinónimo de renovación. Pero no hay renacimiento posible cuando lo que se rompe es el tejido que sostiene la vida en común.
Romper, en su discurso, significa desmantelar. Romper la patria es quebrar los lazos que nos vinculan, disolver la idea de pueblo en una suma de individuos librados al mercado. Bajo esa consigna, el Estado deja de ser espacio de amparo y se convierte en campo de experimentación ideológica. Lo que se quiebra no es la ineficiencia, sino la dignidad. Lo que se deshace no es la burocracia, sino la posibilidad de futuro para quienes ya vivían en el borde.
El poder siempre nombra su violencia con palabras de triunfo. Dice romperla para no decir devastarla. Dice libertad para encubrir la intemperie. En esa inversión del sentido, el lenguaje político se vuelve un espejo roto: devuelve imágenes fragmentadas de una nación que pierde su reflejo.
“La estamos rompiendo” es también una forma de desear el colapso, de encontrar placer en el daño. Se trata de una economía del goce político donde la destrucción se estetiza: el ajuste como épica, la desigualdad como mérito, la miseria como sacrificio necesario. Y sin embargo, lo que se rompe no es el sistema anterior, sino el cuerpo vivo de la sociedad.
Romper la patria no es solo disolver instituciones, sino quebrar la confianza, la empatía, el sentido de pertenencia. En un país que se fragmenta cada día más, las grietas ya no son metáforas: son heridas abiertas donde el pueblo sangra.
La verdadera reconstrucción no nacerá del orgullo de haber “roto todo”, sino de la capacidad de volver a cuidar, de suturar los vínculos, de imaginar una comunidad que no se funda en la competencia sino en la solidaridad.
Porque si de romper se trata, que sea solo para romper el miedo y abrir espacio a otra forma de país: uno donde vivir no sea un privilegio, sino un derecho.
La patria es el otro .
La negra 77
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