En una entrevista reciente, la ministra de Seguridad argentina, Patricia Bullrich, sostuvo que las mujeres “empoderadas” generan un “desequilibrio” que “se les vuelve en contra”.
En un país atravesado por una ola de femicidios, esa frase —dicha desde el sillón del poder— no es un simple exabrupto: es una forma de traducción política de la violencia patriarcal.
Nombrar así la muerte de las mujeres no es un error semántico; es una operación ideológica.
Bullrich no habla sola. Habla desde el entramado discursivo que sostiene a La Libertad Avanza, donde la libertad se define como propiedad individual y no como derecho colectivo, donde toda demanda de justicia se percibe como amenaza, y donde el feminismo se transforma en el nuevo enemigo interno.
Ese desplazamiento simbólico —del agresor a la víctima— es una de las formas más sofisticadas del discurso de odio contemporáneo: la violencia deja de ser un crimen estructural y se convierte en “una consecuencia del exceso de poder” de las mujeres.
Pero las palabras, como advierte Judith Butler, no son inocentes. Son actos performativos que hacen mundo. Cuando una ministra afirma que la violencia surge del “empoderamiento”, reordena el sentido social de la culpa: ya no es el hombre que mata quien rompe el orden, sino la mujer que se atrevió a cuestionarlo.
Esa inversión del relato es profundamente peligrosa: naturaliza el femicidio como respuesta, lo reinterpreta como retribución moral, lo inscribe en la gramática de lo inevitable.
En ese gesto se vislumbra la maquinaria simbólica de lo que Rita Segato llama “pedagogía de la crueldad”: un sistema de mensajes que enseña a la sociedad qué cuerpos importan y cuáles pueden ser destruidos sin escándalo.
Desde esa perspectiva, el discurso político deja de ser opinión y se convierte en instrucción social. Lo que el Estado nombra, el pueblo aprende a tolerar.
Cuando el Estado culpa al empoderamiento, el agresor siente legitimado su castigo.
La violencia no nace en el acto del crimen; se gesta en el lenguaje.
Cada vez que un funcionario desacredita el feminismo, cada vez que un medio ridiculiza el reclamo de las mujeres, cada vez que se recorta un programa de prevención, se amplía el margen simbólico de la muerte.
Las balas y los golpes son la continuación de esas palabras con otros medios.
El odio contemporáneo no se grita: se administra. Se pronuncia con tono técnico, se reviste de sentido común, se distribuye desde los ministerios.
En nombre del orden, se restaura la obediencia. En nombre de la libertad, se reabre la jaula.
Frente a eso, pensar, escribir y resistir es un acto vital.
Porque cada palabra que desmonta la mentira del poder es una grieta en el discurso que mata.
Y porque, como recuerda Hannah Arendt, la responsabilidad política comienza precisamente allí donde el lenguaje deja de ser instrumento de verdad para volverse excusa del horror.
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