"Ensayo de obra" se presenta como una experiencia en carne.
No es una obra en el sentido convencional, sino un dispositivo que muestra el teatro en estado de gestación, cuando aún no ha cuajado en forma definitiva. Desde el primer momento, el espectador es interpelado: unas putas, putos apoyados en la pared esperan a los visitantes como si la escena fuera también una esquina, un territorio de riesgo. La pieza convierte la espera en materia escénica.
La dirección trabaja con la tensión como material: no hay resolución, sino un largo y sostenido suspenso.
El ensayo se vuelve el lugar de un abrazo suspendido al fondo de la escena: un espacio donde la intención de hacer algo se vuelve visible, donde cada gesto —incluso el más mínimo— vibra en tensión. Allí, la tensión es intención: una fuerza que empuja el cuerpo hacia el acontecimiento.
Todo cambia, todo el tiempo. El ensayo es una coreografía de mutaciones constantes: lo que hoy es torpeza mañana es hallazgo; lo que fue duda se convierte en certeza efímera. La silla incómoda se vuelve metáfora del estado del ensayista: alguien que se expone, que permanece alerta, que no se deja domesticar por la comodidad.
En ese espacio, la humanidad se escribe con sangre y con fuego. El ensayo no es solo técnica, sino el lugar donde el cuerpo recuerda su fragilidad y su potencia. Como un amanecer, es la promesa de que algo puede empezar de nuevo.
Pero también es jaula: un recinto donde se prueba y se yerra, donde la libertad está enmarcada por la sala, el tiempo y el método. Esa jaula es paradójicamente necesaria: ofrece el refugio para el riesgo, la contención para el salto al vacío.
El ensayo es, en suma, un territorio de tránsito: un laboratorio donde el hacer se convierte en pensar y el pensar en hacer. Allí el teatro aún no está terminado, pero ya arde. Es un lugar habitado por fantasmas, donde el cuerpo se convierte en foco y en faro.
Un cuerpo escrito que grita: "nos late el mismo corazón".
Un director que se coloca en el lugar de ese pibe cuyo sueño es morir proyectado en su propio cuerpo.
La obra habla con una voz amplificada: una mujer nos habla del fuego, de un mundo en llamas, de un país en llamas, de un barrio —mi barrio—.
Nos habla de la muerte de mujeres, de las travestis asesinadas, de los hombres gays muertos por el odio.
Y nos recuerda que, pese a todo, nos late el mismo corazón.
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