Basta de eufemismos: el periodismo que milita para el oficialismo libertario no informa, adoctrina. No investiga, repite. No incomoda, obedece. Ha cambiado su deber de fiscalizar al poder por el cómodo rol de altavoz oficial.
La mentira se ha vuelto método. Se inventan enemigos, se maquillan datos, se demoniza a la disidencia. Se repite hasta el cansancio que el relato es realidad. Y cuando la mentira se vuelve evidente, se la redobla. No se rectifica, se ataca.
En el centro de esta maquinaria está el vocero presidencial, que se ha convertido en el gran operador del relato. Cada comunicado, cada conferencia, es un espectáculo de imposición. Y cuando termina su discurso con la palabra “Fin.”, lo que se está sellando no es solo un comunicado: se intenta clausurar el debate público. “Esto es lo que es, y si no te gusta, peor para vos.”
El problema no es solo el gobierno. El problema es el periodismo que ha renunciado a ser periodismo. Que ha dejado de preguntar, de cuestionar, de investigar. Que ha optado por ser cómplice. La democracia no muere solo con decretos o mayorías parlamentarias: muere también cuando quienes deben informar se convierten en guardianes del relato.
La sociedad no necesita comunicados con “Fin.”, necesita preguntas que abran otras preguntas. Necesita periodistas que no teman perder la pauta oficial, que recuerden que su lealtad no es con un presidente ni con un partido, sino con el derecho de la ciudadanía a saber.
El “Fin.” que cierra los comunicados no puede ser el fin del pensamiento crítico. Si el periodismo se convierte en propaganda, será la sociedad la que tenga que recuperar su voz. Y esta vez no habrá “Fin.”, habrá comienzo.
Negra77
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