“No te hagas el artista” no es una advertencia contra el arte, sino contra el personaje que se crea para sostenerlo. Cuando nos creemos demasiado el papel de “artista”, corremos el riesgo de producir para agradar, para encajar en un molde, para ser reconocidos, en lugar de crear desde la urgencia que nos mueve. El arte se empobrece cuando se convierte en una pose.
El verdadero trabajo está en el hacer, en la repetición de gestos, en el error que nos descoloca. El proceso es el verdadero maestro. Disfrutar del camino significa aceptar que cada pieza, cada intento, es apenas un fragmento de algo mayor que nunca se termina. El resultado —esa obra que por un instante parece “terminada”— es un espejismo, un rastro que deja el proceso, pero nunca su finalidad última.
Decir “si te sientes talentoso no aprendes nada” es otra forma de recordarnos que el talento puede volverse una trampa. El talento es un punto de partida, no de llegada. Creerse “ya capaz” adormece la curiosidad, y sin curiosidad no hay búsqueda. La incomodidad es fértil: allí donde no sabemos, donde nos equivocamos, donde sentimos que no alcanza, es donde algo nuevo puede nacer.
Trabajar más es abrirse a esa incomodidad, no como castigo sino como método. El artista que se reconoce aprendiz vuelve a ser permeable, vuelve a escuchar, vuelve a mirar. Esa actitud mantiene vivo el deseo y le da sentido a la práctica.
En el fondo, esta reflexión es una invitación a soltar la ansiedad del resultado y a habitar el tiempo del hacer. El arte no es un lugar al que se llega, sino un territorio que se atraviesa. El trabajo es el mapa, el aprendizaje es el viaje, y el resultado es apenas un rastro que dejamos atrás.
Negra77
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