El texto apuesta por la economía de palabras y la fuerza de la imagen. No hay anécdotas largas ni narración lineal; lo que emerge es una sucesión de recuerdos, confesiones y quiebres en la voz de la protagonista. Allí se abre una paradoja central: el hogar como espacio compartido y afectivo frente a la dureza de la “propiedad privada” como frontera. El espectador es conducido a un territorio ambiguo, suspendido entre la ternura y la denuncia.
La caída de los ladrillos de plástico en el escenario resuena como un eco simbólico que no requiere explicación: la fragilidad del sueño de la casa propia. En ese gesto se concentra el momento más alto de la obra, cuando el juego infantil se derrumba en el presente adulto marcado por la imposibilidad.
En definitiva, la obra se levanta como un gesto de resistencia: recordar que el hogar no es solo un techo ni un bien adquirido, sino un espacio compartido, afectivo, vulnerable pero vivo. Un teatro pequeño en escala, pero grande en resonancia simbólica.
Negra77
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