lunes, 15 de septiembre de 2025

El arte debe hablar: La vigencia de la práctica no objetual


El arte latinoamericano ha desbordado el objeto. Ha dejado de ser sólo pintura enmarcada o escultura en pedestal para convertirse en acto, proceso y relación. Este giro teórico y estético fue nombrado por el crítico peruano-mexicano Juan Acha como “arte no objetual”, concepto que reconoce un campo donde el arte se manifiesta más allá de la materialidad tradicional.

Acha lo explica de manera contundente:

 “Lo importante es ahora el procedimiento o acción y no el producto de formato predeterminado. Y el procedimiento consiste en insertar experiencias artísticas en toda obra o acto humano.” (Acha, 1981)


El arte no objetual no rechaza el objeto, sino que pone el acento en el proceso de significación. El objeto deja de ser el fin último y se convierte en huella, en testimonio de un acontecimiento. Así, el arte puede ser efímero, relacional, colectivo, y aun así conservar toda su potencia.
El espectador deja de ser pasivo

Este desplazamiento transformó también la figura del espectador. En los años sesenta y setenta, artistas como Hélio Oiticica y Lygia Clark en Brasil crearon obras en las que el público debía participar activamente. Sus penetrables y parangolés invitaban a recorrer, vestir, tocar y habitar el arte, convirtiendo la obra en un acontecimiento vivo.
Ejemplos emblemáticos de esta lógica son las acciones de arte en la calle de colectivos como Tucumán Arde (1968) en Argentina o No+ (1983) en Chile, que transformaron el espacio público en escenario de protesta política. También el célebre Siluetazo (1983) en Buenos Aires, donde se dibujaron siluetas humanas en plazas para denunciar las desapariciones foradas durante la dictadura.
Como señala Ana Liza Bugnone en su investigación sobre el período:

 “El público debía pasar de su función de espectador pasivo a participante en el proceso artístico.”


Ese gesto —invitar a la participación— es también una manera de hacer hablar al arte. Ya no se trata de un objeto mudo colgado en un museo, sino de un acontecimiento que interpela, convoca y moviliza.

Cuando decimos que el arte debe hablar

Decir que “el arte debe hablar” no implica que el mensaje tenga que ser literal o pedagógico. Significa que el arte debe intervenir en la experiencia de quien lo vive, dejar huella, generar resonancia, incluso incomodidad. El arte habla cuando su presencia provoca pensamiento, memoria o acción.

En tiempos de saturación de imágenes y discursos, la práctica no objetual sigue recordándonos que el arte no es adorno, sino acto de vida. Habla cuando se presenta en el espacio público, cuando se hace colectivo, cuando se convierte en experiencia compartida.

El arte debe hablar, incluso cuando lo hace en silencio. Debe hablar con gestos, con cuerpos, con presencias fugaces. Porque si calla, corre el riesgo de convertirse en objeto muerto, en mera mercancía.

La práctica no objetual nos invita a recuperar un arte que no teme implicarse, que no teme el riesgo. Nos dice que aún hay lugar para el diálogo, para el encuentro y para la imaginación. Y nos recuerda que, en última instancia, el arte es también una forma de decir: estamos aquí, estamos vivos.

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