viernes, 19 de septiembre de 2025

Francis Bacon: la pintura como filosofía de la carne


"El olor a sangre humana no se me quita de los ojos."
—Francis Bacon

Francis Bacon es uno de los pocos pintores cuya obra puede leerse como una reflexión filosófica sin necesidad de palabras. Su célebre frase —“el olor a sangre humana no se me quita de los ojos”— condensa el núcleo de su propuesta estética: ver es exponerse, y esa exposición deja huella. La mirada no es inocente; quien ha contemplado la violencia ya no puede desprenderse de ella.
Bacon se sitúa en una tradición que rechaza la idealización del cuerpo. Si para la escultura griega el cuerpo era proporción y armonía, para Bacon es carne expuesta, vulnerabilidad en acto. En este sentido, su obra dialoga con el pensamiento de Friedrich Nietzsche, quien en El nacimiento de la tragedia advirtió que el arte no debía ocultar el caos, sino “transformar el horror en algo soportable” mediante su afirmación estética. Bacon no embellece el horror: lo intensifica para obligarnos a mirarlo.
Gilles Deleuze, en su libro Francis Bacon. Lógica de la sensación (1981), señala que en sus cuadros el cuerpo no es objeto de representación, sino de fuerza: “Bacon no pinta formas, pinta fuerzas; hace visibles las fuerzas que actúan sobre el cuerpo.” Esta noción es esencial para entender la dimensión filosófica de su trabajo: el cuerpo se convierte en un campo de batalla donde operan tensiones invisibles —el dolor, el deseo, la violencia— y la pintura es el medio para hacerlas perceptibles.
La presencia constante del grito en sus obras, inspirada en parte por el Cristo Crucificado de Velázquez y el Grito de Munch, no es una expresión anecdótica sino un gesto ontológico. El grito en Bacon no comunica nada, no pide ayuda; es el sonido puro del ser enfrentado a su límite. Como diría Georges Bataille, el grito es “la comunicación de lo imposible”, la expresión de aquello que no se puede racionalizar, la irrupción de lo sagrado y lo monstruoso al mismo tiempo.

Sus fondos planos, jaulas geométricas y espacios cerrados funcionan como metáforas de la condición humana. No hay horizonte de fuga, no hay exterior: el sujeto está confinado en la escena de su propia exposición. Esta clausura recuerda al concepto de “condición trágica” en Nietzsche: el hombre como aquel que conoce su destino y, aun así, lo afirma.
La pintura de Bacon es, por tanto, filosofía materialista. No busca representar una idea platónica del hombre, sino recordarnos que somos materia sensible, carne que sufre y se deforma. La sangre no es aquí símbolo de muerte, sino de vida intensificada, de presencia absoluta en el mundo. Su pintura es un gesto de confrontación: nos obliga a atravesar lo que quisiéramos evitar, a ver lo que no queremos ver.

Así, Bacon no es solo un pintor del horror; es un pensador visual que nos invita a reconsiderar lo que significa mirar. Cada cuadro es una meditación sobre la condición de ser un cuerpo en el tiempo. Cada rostro distorsionado es una pregunta sobre la identidad. Cada mancha de color es un recordatorio de que lo humano no puede comprenderse sin aceptar su fragilidad.

Ver a Bacon es, en efecto, aprender a vivir con el olor de la sangre en los ojos. No como condena, sino como forma de conocimiento.
Negra77

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