miércoles, 3 de septiembre de 2025

Política de la crueldad .

La política, en su sentido más profundo, es el arte de compartir un mundo común a través de la palabra, el disenso y la negociación. Cuando esa dimensión se erosiona, cuando la pluralidad de voces se degrada en insultos y en gestos de hostilidad, entonces irrumpe la violencia. Como señala Hannah Arendt, la violencia nunca es un sustituto legítimo de la política: allí donde reina la imposición, la política desaparece.
En la Argentina actual, los discursos del poder se han cargado de un tono violento, no solo contra opositores y periodistas, sino también contra quienes encarnan la vulnerabilidad social, como los jubilados que fueron reprimidos mientras reclamaban en el espacio público. El insulto, la descalificación y el golpe físico constituyen signos de un mismo deterioro: la sustitución del debate por el combate.

Michel Foucault nos recordó que el poder no es solo un sistema abstracto, sino una fuerza que se ejerce directamente sobre los cuerpos. En cada manifestación dispersada con gases y balas de goma, el cuerpo del ciudadano deviene campo de batalla. Y, sin embargo, cada cuerpo reprimido testimonia también la persistencia de lo político: el deseo de hacerse visible, de hablar, de no desaparecer.

Pero la violencia no es únicamente verbal o represiva. Existe otra violencia más sutil y devastadora: la de no poder cubrir las necesidades básicas, la de vivir bajo políticas que erosionan la dignidad material y simbólica del pueblo. Esta “política de crueldad” no solo golpea cuerpos en las calles, sino que los hiere en lo íntimo, en la mesa vacía, en la incertidumbre del mañana, en el miedo a no poder sostener la vida.

Chantal Mouffe subrayó que el conflicto es inevitable en democracia, pero que debe mantenerse en el terreno del agonismo —donde los adversarios se reconocen como legítimos—, y no deslizarse al antagonismo, donde se perciben como enemigos a destruir. Cuando un presidente reduce la palabra pública a la injuria y la disidencia a la amenaza, el conflicto se degrada hacia lo irreconciliable.

La pregunta entonces es: ¿qué queda de nosotros como sociedad después de atravesar esta violencia múltiple? Queda un tejido social desgarrado, donde la confianza en lo común se debilita y donde la desesperanza amenaza con reemplazar al deseo colectivo de futuro. Allí donde se insulta, se reprime y se condena al hambre, lo que desaparece no es solo la política, sino la posibilidad misma de comunidad.
Porque la verdadera política no se sostiene en la crueldad, sino en la capacidad de escuchar, disentir y convivir con la diferencia. Solo así el espacio público deja de ser un campo de combate para volver a ser un lugar de encuentro.
Negra77

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