lunes, 6 de octubre de 2025

La balsa de la Medusa: el naufragio del poder


En La balsa de la Medusa (1819), Théodore Géricault no pinta un simple naufragio. Pinta el fracaso de la autoridad, la sombra del poder que abandona a los suyos. La fragata Méduse encalló por la negligencia de un capitán nombrado por favoritismo político. Los sobrevivientes, abandonados en una balsa improvisada, representan no solo a los náufragos de un accidente, sino a todo un pueblo traicionado por su propio gobierno.

El cuadro es una alegoría del Estado que ha perdido el timón moral. Sobre el mar oscuro, la balsa flota como una nación sin rumbo, sostenida por los restos de su propia estructura. Los cuerpos apilados, exhaustos, muertos o agonizantes, son los ciudadanos reducidos a materia, víctimas de una maquinaria política que no los ve. No hay jerarquías ni uniformes: la pintura despoja al poder de sus símbolos para mostrar lo que queda cuando la autoridad desaparece —una humanidad abandonada al azar de las olas.

En la esquina superior, unos hombres agitan un trapo hacia el horizonte. Esa pequeña señal es la esperanza mínima, la última chispa de fe en que alguien —quizá otro barco, quizá otro gobierno— los vea. Pero el horizonte es incierto, y la distancia demasiado grande. La esperanza, bajo un poder cruel, es siempre ambigua: puede ser el preludio del rescate o una ilusión que precede a la muerte.

Géricault convierte el horror en una advertencia política. Su pintura denuncia que el verdadero naufragio no es el de un barco, sino el de un sistema que olvida a su pueblo. Cada cuerpo sobre la balsa es un acto de acusación. El artista, con su mirada romántica y rebelde, señala la descomposición moral de una autoridad que se sostiene sobre cadáveres.

Dos siglos después, La balsa de la Medusa sigue siendo una imagen contemporánea. Migrantes en balsas precarias, poblaciones abandonadas a la pobreza o la guerra, pueblos enteros sumergidos por decisiones políticas: el cuadro se renueva con cada catástrofe humana. En su silencio, la pintura pregunta al espectador de todos los tiempos:

 ¿cuántas veces más dejará el poder a su pueblo a la deriva?


Géricault, desde su lienzo inmenso, responde sin palabras: un gobierno cruel no se hunde solo —arrastra consigo la dignidad humana
negra77 

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