En la Argentina de hoy, la batalla cultural vuelve a tener rostro de mujer. No de la tecnócrata ni de la funcionaria ilustrada, sino de la mujer que viene del interior, que conoce la desigualdad en carne viva y que, sin pedir permiso, dice lo que siente frente a las cámaras. Gladys “La Bomba” Tucumana lo hizo en televisión nacional, y su voz encendió algo más que una polémica: encendió un síntoma.
Desde el escenario de un programa de entretenimiento, habló del país que duele: los precios que no paran, las jubilaciones que no alcanzan, la vergüenza de ver a los mayores maltratados, la angustia de quien siente que la libertad prometida se convirtió en una trampa. “Me siento defraudada”, dijo, mirando a cámara. En ese gesto hubo algo profundamente político: la recuperación del derecho a disentir, a no aplaudir lo que duele, a decir basta cuando el poder exige silencio.
El gobierno de Javier Milei ha hecho de la palabra “libertad” su bandera. Pero cuando una artista popular, una mujer del pueblo, interpela esa bandera desde la experiencia concreta —el hambre, la inflación, la desigualdad—, la palabra se vacía de marketing y vuelve a su sentido más humano. Porque no hay libertad posible si la mayoría vive con miedo, si la justicia social es tratada como un anacronismo, si la disidencia se estigmatiza.
Lo que hizo “La Bomba” no fue solo una declaración política: fue un acto de presencia. En un país donde el neoliberalismo intenta reinstalar el sálvese quien pueda como norma moral, una mujer que se planta en nombre del sentido común popular, del cansancio y la memoria, encarna una forma de resistencia. Ella no representa un partido, sino una experiencia colectiva: la de las mujeres que sostienen, que trabajan, que ven retroceder derechos y no se callan.
La batalla cultural no se libra solo en los ministerios ni en los medios. Se da en cada palabra que rompe la comodidad del discurso único. Y esta vez, como tantas otras en la historia argentina, son las mujeres las que vuelven a poner el cuerpo, la voz y la emoción en el centro del debate.
Porque sí: la batalla cultural la dan las mujeres. Y la dan con verdad.
La negra77
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