En la previa de un acto por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, organizado por un organismo del Estado, se fija un mensaje en el grupo de participantes: hay luces y sonido garantizados. Es decir, hay presupuesto técnico. Sin embargo, a las artistas mujeres se les solicita “colaborar”, participar sin cobrar.
La escena es tan habitual como reveladora.
La pregunta emerge inevitable: ¿por qué en un acto que conmemora a las trabajadoras no se considera trabajadoras a las artistas? ¿El sonidista cobrará? ¿El iluminador? ¿El actor varón convocado? ¿O la gratuidad está reservada, una vez más, para el trabajo de las mujeres?
El arte también es trabajo
El arte no es un pasatiempo ni una extensión vocacional del compromiso político. Es trabajo. Implica años de formación, horas de ensayo, inversión económica, producción de obra, gestión, desgaste físico y emocional. El trabajo artístico forma parte del entramado productivo de una sociedad, aunque muchas veces se lo romantice para justificar su precarización.
El 8 de marzo no es una fecha neutra. Fue reconocido oficialmente por Naciones Unidas en 1975, pero su origen se remonta a luchas obreras de mujeres que reclamaban salario, condiciones dignas y derechos laborales. La palabra clave no es “celebración”: es “trabajadora”.Es lucha .
Por eso, convocar a mujeres a trabajar gratis en un acto estatal del 8M no es un detalle administrativo; es una contradicción política.
Es importante distinguir entre militancia y explotación. Muchas artistas eligen, por convicción, compartir su trabajo sin cobrar en determinados espacios. Esa decisión es válida cuando es libre. Lo problemático es la expectativa sistemática de que las mujeres “colaboren” mientras otros rubros sí se presupuestan. Allí deja de ser elección y se convierte en desigualdad estructural.
¿Quién toma el micrófono?
La contradicción se profundiza cuando estos eventos, destinados a visibilizar la lucha de las mujeres, son dirigidos por varones.
La conducción no es un rol técnico neutral: es un lugar de autoridad simbólica. Quien conduce organiza la narrativa, administra la palabra, encuadra el sentido del acto. Si en una fecha que denuncia la desigualdad histórica la centralidad discursiva vuelve a recaer en hombres, la escena reproduce aquello que dice cuestionar.
No se trata de exclusión arbitraria, sino de coherencia política. El 8M es una jornada de denuncia de privilegios estructurales. Desplazar, aunque sea por un día, la centralidad masculina en la conducción de estos actos no es un gesto menor: es una afirmación concreta de agencia y representación.
Cuando las mujeres ponen el cuerpo artístico sin remuneración y los hombres conservan la voz autorizada, la imagen es clara: el trabajo femenino es invisible y la autoridad masculina permanece intacta.
Violencia simbólica, violencia material
Mientras tanto, otro femicidio en Santiago vuelve a recordarnos que la desvalorización de la vida de las mujeres no es abstracta. “Nuestras vidas no valen y nuestro trabajo tampoco”, podría decirse con crudeza.
El femicidio es la forma extrema de la violencia patriarcal, pero la precarización sistemática del trabajo femenino es su versión cotidiana y estructural. Ambas responden a una misma matriz cultural que considera prescindible el cuerpo y la producción de las mujeres.
Si el Estado organiza actos en nombre de la igualdad, debe empezar por revisar sus propias prácticas: presupuestar honorarios para las artistas, garantizar condiciones laborales dignas y asegurar que la representación simbólica esté en manos de quienes históricamente han sido silenciadas.
Coherencia o vacío
El 8M no puede reducirse a una escenografía iluminada y correctamente sonorizada. No puede sostenerse sobre el trabajo no pago de mujeres mientras se declama igualdad.
Reconocer que el arte es trabajo implica reconocer que las artistas son trabajadoras. Y reconocer que el 8M es una jornada de lucha implica actuar en consecuencia.
De lo contrario, el acto se convierte en una postal institucional: correcta en su forma, pero vacía en su ética.
Porque sin justicia económica no hay igualdad real. Y sin coherencia política, la conmemoración se vuelve un gesto hueco, sostenido —una vez más— por el trabajo invisibilizado de las mismas mujeres que dice reivindicar.
Cabe destacar que el elegido para dirigir el "show homenaje" tiene varias denuncias en su contra por haber ejercido violencia hacia a mujeres artistas de la provincia y de otras provincias del país.
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