lunes, 4 de mayo de 2026

Primer festival de perfomance en Victoria, Entre Ríos. barro y fuego.

Cuerpos de barro: carnalidad, territorio y politicidad en la performance

Desde Santiago del Estero partimos hacia Victoria, convocadas por tres mujeres —las caudillas de barro— a participar de un encuentro de performance situado en el territorio. El desplazamiento no fue únicamente geográfico: implicó también una deslocalización simbólica respecto de los centros legitimadores del arte contemporáneo.
En el mal llamado “interior”, categoría que aún organiza jerarquías culturales en clave metropolitana, el Festi Perfo se constituyó como una práctica situada que desarma la lógica centro-periferia. Tal como advierte Silvia Rivera Cusicanqui, no es posible pensar procesos de transformación sin prácticas concretas que desarticulen las formas coloniales de producción de conocimiento. En este sentido, el festival no se presentó como evento, sino como ejercicio: una manera de hacer y pensar desde el territorio.
Durante tres días, la performance operó como campo expandido de experimentación.
El primero de mayo, Día Internacional del Trabajo, el encuentro tuvo lugar en un ladrillero. Allí, donde el barro se vuelve ladrillo mediante la reiteración del gesto corporal, se hacen visibles formas de trabajo históricamente relegadas. La elección del espacio no fue escenográfica sino política: como sostiene Richard Schechner, la performance no representa la realidad, sino que la produce y la reconfigura.
En ese contexto emergió una pregunta que atraviesa la práctica:
¿qué le pregunta la performance al territorio?
No como una interrogación externa, sino como un contacto. La performance no llega al territorio para nombrarlo, sino para afectarlo y dejarse afectar. En términos de Hans-Thies Lehmann, se trata de una escena donde el sentido no preexiste, sino que se produce en la copresencia material de cuerpos, espacios y fuerzas.
Aquí se vuelve central la noción de carnalidad: no el cuerpo como forma abstracta ni como representación, sino como experiencia sensible, expuesta y relacional. La carnalidad implica un cuerpo que siente y es sentido, que entra en contacto, que se deja atravesar por el entorno. En la performance, el cuerpo no “actúa” sobre el territorio desde afuera: se vuelve territorio en la medida en que se inscribe en él, lo roza, lo pisa, lo altera.
Desde esta perspectiva, la performance puede pensarse como una práctica que horada el territorio: abre fisuras en sus usos habituales, interrumpe sus lógicas productivas, desplaza sus sentidos estabilizados. No se trata de una violencia extractiva, sino de una intervención sensible que desacomoda y reactiva. Una práctica que no ocupa el territorio, sino que lo tensiona desde la carnalidad.
De allí se desprende otra pregunta:
¿cómo acontece el cuerpo no hegemónico en la performance?
No como representación de la diferencia, sino como presencia que desborda norma. En esta línea, Judith Butler ha señalado que los cuerpos, al aparecer en el espacio público, producen una disputa por las condiciones de lo visible. Pero es también pertinente pensar, con Rita Segato, que el cuerpo es el primer territorio de inscripción del poder. Desde allí, la performance se vuelve una práctica que interviene esa territorialidad primaria: la desnaturaliza, la expone, la reescribe.
En este punto, resulta fundamental destacar la marcada presencia de creadoras en el festival. No se trató solo de una mayoría, sino de una configuración política del encuentro. Las prácticas impulsadas por mujeres y disidencias no solo ocuparon el espacio, sino que transformaron sus modos de organización y de aparición. En sintonía con los planteos de Segato, esta presencia puede leerse como una reapropiación del cuerpo-territorio, una forma de resistencia frente a las lógicas que históricamente lo han disciplinado.
Poner el cuerpo, entonces, no es un gesto inocente. En el contexto social y político actual, la performance insiste en lo contrario de la retirada: propone la exposición como forma de pensamiento. Aquí resuena la radicalidad de Antonin Artaud, quien concebía la escena como un espacio capaz de afectar directamente la sensibilidad.
El Festi Perfo se desplegó como un entramado heterogéneo de prácticas: acciones que tensionan los límites entre arte y vida, propuestas que exploran lo íntimo y lo colectivo, y dispositivos que activan la relación entre cuerpo y territorio. Esta diversidad no operó como dispersión, sino como potencia.
En este sentido, el encuentro puede pensarse como un espacio liminal —siguiendo a Victor Turner— donde las estructuras habituales se suspenden y se habilitan formas otras de comunidad. Ver y hacer dejaron de ser instancias separadas para devenir en una misma práctica expandida.
Así, en el barro, en la carnalidad, en el territorio, la performance no solo acontece: insiste.
Insiste como fisura.
Insiste como cuerpo.
Insiste como forma de estar —y de pensar— en el mundo.


Texto: Negra77 (me sentí Lola Mora).
Un festival de autogestión,
tan necesario en estos tiempos.

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