Siempre celebro asistir a propuestas de danza locales. Hay algo político y afectivo en encontrarse con artistas que producen desde este territorio y que, desde Santiago del Estero, construyen otras maneras de pensar el cuerpo, el movimiento y la escena.
Siete vientos, del Grupo Circular, dirigida Mariana Gorrieri, es una obra colorida, poblada de cuerpos, prendas, sonidos y acciones. Una obra donde la abundancia de elementos parece convivir, paradójicamente, con una fuerte experiencia de ausencia.
Desde la primera escena aparece una imagen que me queda resonando: un cuerpo que carga con prendas. La ropa, desprendida de quien alguna vez la habitó, se convierte inmediatamente en huella. Allí aparece una primera pregunta: ¿qué queda de un cuerpo cuando el cuerpo ya no está?
La pregunta puede pensarse desde aquello que Diana Taylor denomina el repertorio: ese conocimiento que se transmite y se conserva a través del cuerpo, mediante gestos, movimientos, acciones y comportamientos. Frente al archivo material, el cuerpo aparece como una forma viva de transmisión de memoria.
Pero en Siete vientos ocurre algo todavía más inquietante: las prendas parecen construir un archivo de un cuerpo ausente. No vemos solamente ropa. Vemos aquello que queda cuando alguien ya no está.
La prenda conserva una forma posible del cuerpo. Su volumen parece contener una presencia que ya no puede ser restituida.
Mucho elemento en escena.
Mucha ausencia.
Mucho cuerpo.
Esa contradicción atraviesa mi experiencia de la obra.
Otra imagen insiste: un cuerpo de espaldas al espectador que se balancea hacia adelante y hacia atrás. El movimiento construye una pequeña máquina temporal. Ir hacia adelante para volver hacia atrás. Avanzar sin abandonar aquello que quedó atrás.
Pienso entonces en la vida como devenir: nunca somos solamente presente. El cuerpo que está aquí lleva consigo otros cuerpos, otros movimientos, otras experiencias.
Merleau-Ponty plantea que el cuerpo no es un objeto que simplemente poseemos, sino nuestro modo fundamental de estar en el mundo. El cuerpo es percepción, experiencia y relación.
Desde esa perspectiva, el movimiento de Siete vientos no necesita representar literalmente la memoria para producirla. Basta un cuerpo que insiste en un gesto para que aparezca una dimensión temporal.
El cuerpo recuerda porque se mueve.
O quizás podríamos decirlo de otra manera: el movimiento es una de las formas en que el cuerpo recuerda.
Esta idea también dialoga con Rebecca Schneider, quien cuestiona la concepción del archivo como aquello que permanece fijo y propone pensar las prácticas performativas como formas de transmisión que ocurren en la repetición, en la acción y en la presencia corporal. Lo que desaparece puede, de alguna manera, permanecer en la performance.
Y aquí la ropa adquiere una potencia particular.
Porque la ropa habla del cuerpo precisamente desde su ausencia.
Un cuerpo sin cuerpo.
Una presencia sin presencia.
Una forma vacía que todavía conserva algo de quien estuvo allí.
En un país atravesado por las experiencias de la desaparición, esta imagen no puede dejar de producir resonancias. No necesariamente porque la obra pretenda ilustrar una historia determinada, sino porque determinados materiales tienen una memoria cultural que excede aquello que la escena dice explícitamente.
La prenda vacía puede convertirse entonces en una pregunta.
¿Dónde está el cuerpo?
¿Qué significa que algo permanezca cuando alguien ha desaparecido?
Aquí la obra entra en una zona particularmente sensible: un territorio donde memoria y ausencia se encuentran.
Pero Siete vientos no parece responder a esa ausencia desde la quietud. Frente a ella, pone cuerpos en movimiento.
Cuerpos que buscan.
Cuerpos que encuentran.
Cuerpos que vuelven a buscar.
Y quizás ahí aparezca una de las operaciones más interesantes de la danza: hacer del cuerpo un lugar de investigación.
El cuerpo no solamente ejecuta una coreografía. El cuerpo pregunta.
La escena no solamente muestra cuerpos que se mueven. Muestra cuerpos tratando de encontrar algo.
En este sentido, la obra puede pensarse también desde Erika Fischer-Lichte y su concepción de la performance como acontecimiento producido en la relación entre cuerpos, espacio, objetos y espectadores. El acontecimiento escénico no está completamente contenido en aquello que previamente se diseñó: se produce en el encuentro.
Por eso mi experiencia de Siete vientos también sucede después de la obra, en aquello que las imágenes continúan produciendo.
Una prenda.
Una espalda.
Un balanceo.
Un golpe.
Un sonido.
Un cuerpo que percute.
La musicalización ocupa aquí un lugar fundamental. Hay una sonoridad que, de alguna manera, devuelve la pieza a su territorio. No como una cita folklórica decorativa, sino como una posibilidad de construir una escucha situada.
Y esto me interesa particularmente: desde la tierra del folklore, la danza contemporánea también se habita y se pregunta.
No se trata de elegir entre tradición y contemporaneidad.
Se trata de comprender que un territorio puede contener múltiples temporalidades y múltiples formas de producir cuerpo.
Santiago del Estero no es solamente aquello que heredamos.
También es aquello que estamos produciendo.
Por eso resulta significativo que la pieza incorpore un cuerpo que percute. El cuerpo se vuelve instrumento, superficie sonora, materia rítmica. Antes de ser representación, el cuerpo es peso, respiración, golpe, vibración.
El cuerpo produce sonido y el sonido produce territorio.
La danza aparece entonces no solamente como una sucesión de movimientos, sino como una forma de pensamiento corporal.
Quizás por eso Siete vientos puede leerse como una obra sobre la memoria sin necesidad de contar una historia sobre la memoria.
La memoria está en los cuerpos.
Está en las prendas.
Está en la repetición.
Está en aquello que falta.
Está también en el territorio sonoro que acompaña y tensiona los movimientos.
Hay una frase de José Esteban Muñoz que resulta especialmente productiva para pensar estas experiencias: “Lo que está presente está sostenido por lo que está ausente”.
Quizás algo de eso suceda en Siete vientos.
Lo que vemos está sostenido por aquello que no vemos.
Los cuerpos presentes están rodeados por cuerpos posibles.
Las prendas hacen aparecer una ausencia.
El movimiento hace aparecer un pasado.
El sonido hace aparecer un territorio.
Y la danza hace aparecer aquello que no puede ser dicho completamente.
Por eso salgo de la obra pensando en una especie de país de la desaparición, pero también en un país de las persistencias.
Porque desaparecer no siempre significa dejar de estar.
Hay cosas que permanecen en los cuerpos.
En los objetos.
En los gestos.
En los sonidos.
En la repetición de una acción.
En la memoria de quien mira.
Quizás la danza sea una de las formas más frágiles y, al mismo tiempo, más potentes de esa permanencia.
Un cuerpo que se mueve deja de ser solamente un cuerpo presente.
Se convierte en huella.
En archivo.
En memoria.
En pregunta.
Y entonces Siete vientos vuelve sobre aquella primera imagen: un cuerpo cargando prendas.
Un cuerpo cargando ausencias.
Un cuerpo cargando memoria.
La vida.
La danza.
El cuerpo.
Todo aquello que está y todo aquello que falta.
Y entre ambas cosas, como un viento que nunca termina de detenerse, el movimiento.
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