miércoles, 2 de septiembre de 2026

CUANDO EL CUERPO ESCRIBE.



Apuntes para una dramaturgia de la danza
Hay una frase que aparece con frecuencia después de una obra de danza:

“Me gustó, pero no entendí.”

La frase parece sencilla, pero plantea una pregunta fundamental: ¿qué significa entender una obra de danza? ¿Se trata de reconocer una historia, identificar un mensaje o poder traducir en palabras aquello que ocurrió en escena?

Tal vez debamos comenzar por revisar la manera en que pensamos el cuerpo.

El cuerpo deja de ser dispositivo y se convierte en discurso.

En una concepción tradicional, el cuerpo del bailarín puede ser entendido como un instrumento de ejecución: un cuerpo entrenado que materializa una coreografía previamente organizada. Pero existe la posibilidad de desplazar esa mirada y pensar que el cuerpo no solamente ejecuta un discurso, sino que produce discurso mientras acontece.
Entonces podemos afirmar:

El cuerpo no deja de bailar para escribir. Bailando, escribe.

Escribe con el peso, la respiración, la pausa, la repetición, la caída, la velocidad, la mirada, la distancia, el contacto y el agotamiento. Esta escritura no funciona como un lenguaje que pueda ser traducido de manera directa. Un gesto no posee necesariamente un significado único ni una equivalencia verbal.

La caída no tiene que significar “fracaso”.
La repetición no tiene que significar “obsesión”.
El temblor no tiene que significar “miedo”.

El cuerpo produce un campo de sentidos que excede su traducción en palabras.

Es allí donde podemos situar la dramaturgia de la danza.

Una dramaturgia del acontecimiento

Hablar de dramaturgia no implica necesariamente hablar de relato. Una obra puede carecer de personajes, argumento o conflicto narrativo y, sin embargo, construir una dramaturgia rigurosa.

La hay cuando una repetición se transforma, cuando una pausa altera la percepción del tiempo, cuando una distancia modifica la relación entre dos cuerpos o cuando el agotamiento transforma la acción.

La dramaturgia puede entenderse, entonces, como la organización de acontecimientos corporales, temporales y espaciales capaces de producir relaciones y sentidos.
La pregunta ya no es solamente qué movimiento realiza el intérprete, sino qué sucede con ese cuerpo mientras lo realiza: cómo aparece, qué sostiene, qué transforma, con quién se relaciona y qué modifica en el espacio y en el tiempo.

El cuerpo deja de ser un soporte de la dramaturgia para convertirse en materia dramatúrgica.

Leer un cuerpo

Si el cuerpo escribe, el espectador lee. Pero leer no significa descifrar.

Leer un cuerpo implica percibir relaciones, variaciones, tensiones y transformaciones. Significa atender a aquello que sucede sin exigir que todo pueda ser convertido inmediatamente en una explicación.
Aquí conviene diferenciar comprender de explicar.

Podemos comprender la tensión entre dos cuerpos sin conocer la historia que los une. Podemos percibir el cansancio sin que nadie diga “estoy cansado”. Podemos reconocer una transformación sin saber formularla conceptualmente.

La experiencia corporal puede producir conocimiento antes de convertirse en lenguaje.

Por eso, una obra puede ser comprendida sin quedar completamente explicada.
La necesidad de hacerse entender

El deseo de comunicarse con el público es legítimo. El problema aparece cuando comunicar se confunde con explicar.

Cuando el movimiento debe ilustrar una idea previamente formulada, el cuerpo corre el riesgo de convertirse nuevamente en instrumento de un discurso exterior.

Si, en cambio, el cuerpo produce discurso, la tarea del creador no consiste tanto en garantizar una interpretación como en construir las condiciones para que algo pueda ser percibido y leído.
La obra puede ser abierta sin ser arbitraria. La ambigüedad también se compone. La ausencia de una respuesta única no significa ausencia de dramaturgia.

¿Un público preparado?

Frente a ciertas obras suele aparecer otra explicación: “el público no está preparado”.

Quizás sea más productivo hablar de aprendizaje de la mirada.

No necesitamos un público idóneo en el sentido de un espectador autorizado para comprender. Pero sí podemos reconocer que toda forma artística propone determinadas maneras de mirar, y que esas maneras también se aprenden.
La formación de públicos para la danza no debería consistir en enseñarles qué significa una obra, sino en ampliar su capacidad de percepción.

No decir:

“Esto quiere decir esto.”

Sino preguntar:

“¿Qué sucede aquí?”

¿Qué cambia?
¿Qué insiste?
¿Qué relación se construye?
¿Qué aparece y qué desaparece?
¿Qué produce una pausa?
¿Qué transforma una repetición?

La autonomía del espectador no consiste en acertar una interpretación, sino en poder construir una lectura propia a partir de lo que la obra pone en juego.

Una danza que piensa

Pensar el cuerpo como escritura también supone reconocerlo como una forma de pensamiento.

El cuerpo piensa mientras hace: prueba, repite, modifica, resiste, fracasa, descubre. No siempre existe una idea completamente formulada antes del movimiento. A veces el pensamiento aparece precisamente en la acción.

Desde esta perspectiva, la dramaturgia no es simplemente una estructura que se impone al cuerpo. Es también una manera de reconocer y organizar el pensamiento que el cuerpo produce en escena.
Quizás por eso la pregunta “¿se entendió?” sea insuficiente.

Podríamos preguntar:

¿Qué produjo la obra en quien la miró?

¿Qué imagen permanece?
¿Qué sensación persiste?
¿Qué movimiento continúa resonando después de que terminó la escena?

Porque tal vez la danza no siempre tenga que ser traducida.

A veces necesita ser percibida.

Y quizá aquella frase inicial —“me gustó, pero no entendí”— no sea necesariamente el signo de un fracaso comunicativo.

Puede ser el indicio de que el cuerpo produjo algo que todavía no ha encontrado palabras.

El cuerpo escribe mientras baila.
La dramaturgia organiza esa escritura.
El espectador la lee desde su propia experiencia.

Y entre esa escritura y esa lectura ocurre la danza.

martes, 1 de septiembre de 2026

Ser escénico: del aura y el duende a la condición de aparición.


¿Qué hace que un cuerpo, cuando aparece, no sea solamente un cuerpo que está allí?

Hay cuerpos que entran en escena y algo sucede. No necesariamente son los cuerpos más virtuosos, los más bellos, los más expresivos o los técnicamente más precisos. A veces apenas caminan, se detienen, respiran. Sin embargo, algo en su aparición modifica el espacio. La mirada se concentra. El tiempo parece adquirir otra densidad. El cuerpo comienza a afectar aquello que lo rodea.

Decimos entonces que ese cuerpo “tiene presencia”, que “tiene algo”, que posee “duende”, “aura”, “magnetismo”.

Pero ¿qué estamos nombrando cuando decimos esto?

Propongo pensar esa experiencia bajo una noción: ser escénico.

El ser escénico es aquello que hace que un cuerpo, cuando aparece, no sea solamente un cuerpo que está allí.

No se trata de poseer aura ni duende. Tampoco de una cualidad natural que algunos intérpretes tienen y otros no. Se trata de producir una condición de aparición.

Esta afirmación desplaza la pregunta. Ya no se trata de averiguar qué tiene un cuerpo para producir presencia, sino de preguntarnos qué sucede entre ese cuerpo, el espacio, el tiempo y quienes lo observan.

El ser escénico no sería entonces una propiedad del intérprete. Sería un acontecimiento relacional.

Del duende a la aparición

Federico García Lorca ofrece, en Juego y teoría del duende, una de las imágenes más potentes para pensar aquello que sucede cuando una ejecución artística supera la mera corrección técnica. El duende no es simplemente habilidad. Es una fuerza que irrumpe, una intensidad que compromete al cuerpo y que no puede ser completamente domesticada.

Esto resulta fundamental porque nos permite pensar que aquello que llamamos presencia no necesariamente puede ser producido de manera instrumental.

El intérprete puede entrenar.

Puede desarrollar una técnica.

Puede trabajar la respiración, el peso, la mirada, la energía, el ritmo.

Pero no puede garantizar que el duende aparezca.

El duende introduce así una dimensión de imprevisibilidad.

No se posee el duende: se construyen las condiciones para que pueda aparecer.

Esta idea se aproxima a nuestra noción de ser escénico. El cuerpo puede trabajar sobre sí mismo, pero la aparición no depende exclusivamente de él. Algo ocurre en el encuentro.

El aura: la singularidad del aquí y ahora

Walter Benjamin introduce otra palabra que resulta inevitable: aura.

En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Benjamin piensa la pérdida o transformación del aura a partir de la posibilidad de reproducir técnicamente la obra. El aura está relacionada con la singularidad, la autenticidad, la distancia y el aquí-ahora de aquello que aparece.

La pregunta benjaminiana adquiere una particular actualidad cuando pensamos el cuerpo en la cultura digital.

Hoy podemos producir imágenes de nosotros mismos de manera permanente. Podemos seleccionar nuestra apariencia, construir nuestra gestualidad, iluminar nuestro rostro, editar nuestra corporalidad, repetir una pose hasta encontrar aquella que mejor funcione.

Podemos fabricar una imagen de presencia.

Incluso podríamos decir que aprendimos a producir aura.

Pero la escena plantea otra situación.

El cuerpo está allí.

No como imagen de un cuerpo, sino como cuerpo frente a otro cuerpo.

Respira.

Pesa.

Se desplaza.

Se equivoca.

Se cansa.

Ocupa un espacio que también ocupa el espectador.

La escena recupera así algo que la virtualidad tiende a desmaterializar: el aquí y ahora corporal.

Por eso, la pregunta contemporánea ya no sería solamente qué ocurre con el aura cuando la obra puede ser reproducida infinitamente, sino:

¿qué ocurre con el aura cuando la imagen vuelve a convertirse en carne?
Grotowski: hacer aparecer quitando

Jerzy Grotowski permite pensar el problema desde el trabajo del intérprete.

En su concepción del teatro pobre, el acontecimiento teatral puede desprenderse de gran parte de los elementos tradicionales del espectáculo para concentrarse en la relación entre actor y espectador.
El cuerpo aparece entonces sin la necesidad de esconderse detrás de una acumulación de recursos.

Pero esto no significa simplemente mostrar el cuerpo.

El entrenamiento grotowskiano busca trabajar las resistencias, las tensiones y los bloqueos que impiden que el impulso se manifieste.

Aquí aparece una paradoja:

hacer aparecer puede implicar quitar.

Quitar el exceso.

Quitar la representación innecesaria.

Quitar la voluntad de agradar.

Quitar aquello que intenta demostrar que el cuerpo “sabe”.

El ser escénico no necesariamente aparece cuando el intérprete hace más. Puede aparecer cuando el cuerpo deja de impedir aquello que quiere suceder.

Barba: antes de que el cuerpo signifique

Eugenio Barba profundiza esta cuestión al estudiar la dimensión pre-expresiva del comportamiento escénico.

Antes de que un cuerpo represente algo, antes de que podamos interpretar su acción, existen condiciones físicas capaces de producir atención.

El equilibrio, la oposición, la variación de energía, el ritmo, la tensión, la organización del movimiento: todos estos elementos pueden modificar la percepción del espectador.

Esto permite formular una pregunta distinta:

No solamente:

¿qué expresa este cuerpo?

Sino:

¿qué hace que yo mire este cuerpo antes de saber qué expresa?

La presencia aparece entonces antes del significado.

El cuerpo no necesita explicar para afectar.

Una inmovilidad puede producir expectativa.

Una respiración puede generar tensión.

Un desplazamiento mínimo puede alterar la percepción del tiempo.

Una mirada puede modificar la distancia.

El ser escénico comienza allí donde el cuerpo deja de ser solamente un soporte de representación y se convierte en productor de percepción.
Fischer-Lichte: la presencia ocurre entre

Erika Fischer-Lichte permite dar un paso decisivo.

Su estética de lo performativo desplaza la atención desde la obra como objeto hacia el acontecimiento escénico. La realización performativa no está completamente determinada por quien actúa: se produce en una relación dinámica entre intérpretes, espectadores, espacio, acciones y percepciones.

Esto significa que la presencia no pertenece exclusivamente al actor.

La presencia acontece.

Y si acontece, acontece entre.

El cuerpo del intérprete afecta al espectador, pero el espectador también afecta al intérprete. La mirada modifica la acción; la acción modifica la mirada.

Por eso el ser escénico no puede entenderse como una propiedad individual.

No “tengo” ser escénico. Produzco una condición para que algo suceda entre nosotros.

La escena es, en este sentido, un campo relacional.

Gumbrecht: presencia antes que significado

Hans Ulrich Gumbrecht resulta especialmente productivo porque propone recuperar aquello que en la experiencia estética no puede reducirse completamente a la interpretación.

Su noción de producción de presencia permite pensar una experiencia en la que algo nos afecta sensorialmente antes de convertirse en significado.

Esto resulta central para pensar el cuerpo escénico.

Podemos preguntarnos:

¿Qué significa ese cuerpo?

Pero también:

¿Qué produce ese cuerpo?

¿Qué hace con mi respiración?

¿Qué hace con mi atención?

¿Qué hace con mi percepción del tiempo?

¿Qué modifica en mi propio cuerpo?

Una escena puede afectarnos antes de que sepamos explicarla.

Por eso el ser escénico no consiste únicamente en comunicar.

Consiste en afectar.

Phelan: la presencia que desaparece

Peggy Phelan introduce otra dimensión necesaria: el carácter efímero de la performance.

La presencia escénica sucede y desaparece.

Podemos fotografiarla.

Podemos filmarla.

Podemos documentarla.

Pero la documentación no equivale al acontecimiento.

Una imagen puede conservar la apariencia de un cuerpo, pero no necesariamente conserva aquello que ocurrió entre ese cuerpo y quienes estuvieron allí.

La presencia posee entonces una condición paradójica: es precisamente porque desaparece que puede producir una experiencia de singularidad.

Aquí Benjamin vuelve a aparecer.

La reproducción conserva la imagen.

La escena conserva, apenas, la experiencia.

Heidegger: ser no es simplemente estar

Hasta aquí hemos hablado desde la teoría de la escena. Pero la expresión ser escénico permite abrir una pregunta filosófica más profunda.

¿Qué significa ser?

Heidegger desplaza la pregunta desde los entes hacia el ser. La existencia humana no es simplemente estar colocada dentro de un mundo, sino existir como ser-en-el-mundo.

Este desplazamiento puede ser productivo para pensar la escena.

Estar en escena no significa necesariamente ser escénico.

Un cuerpo puede ocupar físicamente un escenario sin producir ninguna transformación perceptiva.

Entonces:

estar ahí no es suficiente.

El ser escénico podría entenderse como una determinada manera de existir en la situación escénica: un modo de estar que transforma el espacio compartido y la relación con los otros.

Merleau-Ponty: el cuerpo como carne

Merleau-Ponty lleva esta cuestión hacia el territorio del cuerpo.

En su pensamiento tardío, particularmente en Lo visible y lo invisible, la noción de carne permite superar la separación rígida entre sujeto y objeto.

Quien ve también puede ser visto.

Quien toca puede ser tocado.

El cuerpo no es simplemente un objeto que percibimos desde afuera. Es parte del mismo campo sensible que hace posible la percepción.

Esto resulta fundamental para pensar la escena.

El espectador no está simplemente frente al cuerpo del intérprete.

Está con ese cuerpo.

Comparte con él una dimensión sensible.

La escena se convierte entonces en una situación de exposición recíproca.

El cuerpo que aparece también está expuesto a ser afectado.

El ser escénico sería, desde esta perspectiva, una forma de estar en la carne común de lo sensible.

Sartre: ser bajo la mirada del otro

Sartre introduce otra dimensión: la mirada.

El otro no solamente me observa. Su mirada modifica mi experiencia de mí mismo.

En escena esto se vuelve evidente.

El intérprete está expuesto.

Sabe que es mirado.

Pero esa mirada no es neutral: produce efectos sobre el cuerpo que mira y sobre el cuerpo que es mirado.

El escenario convierte así al cuerpo en un cuerpo público.

Ser escénico implica entonces también exposición.

No solamente aparecer, sino aparecer sabiendo que otro puede verme.

Y aquí surge una pregunta ética:

¿qué significa exponer un cuerpo ante la mirada de otros?

Butler: no todos los cuerpos aparecen de la misma manera

Judith Butler permite llevar la cuestión hacia la dimensión política.

La posibilidad de aparecer no es igual para todos los cuerpos.

Existen normas sociales que determinan qué cuerpos son reconocidos, qué cuerpos son visibles, qué cuerpos son considerados legítimos y cuáles son expulsados hacia los márgenes de la representación.

Entonces, hablar de condición de aparición implica necesariamente preguntar:

¿quién puede aparecer?

¿cómo puede aparecer?

¿ante quién?

¿bajo qué condiciones?

El ser escénico no es entonces solamente una cuestión estética.

También es una cuestión política.

Un cuerpo que aparece en escena no solamente produce una experiencia perceptiva. Puede disputar los modos en que determinados cuerpos han sido históricamente vistos, representados o invisibilizados.

Deleuze: el cuerpo como potencia

Deleuze permite realizar otro desplazamiento.

En lugar de preguntarnos qué es un cuerpo, podemos preguntarnos:

¿qué puede un cuerpo?

Esta pregunta modifica completamente la idea de ser.

El cuerpo deja de ser una identidad cerrada y comienza a ser pensado como potencia, relación, afecto y devenir.

Desde esta perspectiva, el ser escénico tampoco sería una esencia.

No sería:

“este bailarín tiene presencia”.

Sería:

“este cuerpo puede afectar”.

Puede producir intensidad.

Puede modificar otro cuerpo.

Puede ser modificado.

Puede devenir otra cosa en la relación.

Ser escénico no es ser algo: es poder afectar y ser afectado.

Nancy: ser-con

Jean-Luc Nancy permite llevar esta idea hacia una dimensión colectiva.

El ser no existe como una entidad completamente aislada. Somos siempre ser-con.

La existencia ocurre en relación.

Esto parece especialmente evidente en la escena.

No hay cuerpo escénico sin otros cuerpos.

No hay presencia sin alguien que perciba.

No hay aparición sin un campo compartido.

El ser escénico sería entonces una forma particular de ser-con.

La escena no sería el lugar donde un cuerpo muestra su ser frente a otros.

Sería el lugar donde los cuerpos producen conjuntamente una situación de aparición.

Levinas: aparecer sin quedar capturado

Levinas introduce finalmente una dimensión ética.

El otro aparece ante mí, pero no puede reducirse completamente a aquello que yo comprendo de él.

Esto resulta fundamental para pensar la representación.

Un cuerpo escénico puede aparecer intensamente sin quedar completamente disponible para mi interpretación.

Hay algo que permanece fuera de mi captura.

Esta resistencia es importante porque, en una cultura basada en la exposición constante, podríamos confundir aparecer con estar completamente disponible.

Pero no son lo mismo.

Aparecer no significa entregarse por completo a la mirada.

Puede existir una presencia que conserva algo de misterio, de distancia, de irreductibilidad.

Tal vez allí el aura y la ética vuelvan a encontrarse.

Hacia una definición del ser escénico

Si ponemos estas perspectivas en relación, podemos comenzar a distinguirlas:

Lorca nos ofrece el duende como intensidad e irrupción.

Benjamin nos ofrece el aura como singularidad del aquí y ahora.

Grotowski piensa la presencia como resultado de un trabajo de despojamiento y exposición.

Barba muestra cómo la organización física del cuerpo puede producir atención antes del significado.

Fischer-Lichte entiende la presencia como acontecimiento relacional.

Gumbrecht permite pensar la producción de presencia más allá de la interpretación.

Phelan recuerda su carácter efímero.

Heidegger permite pensar el ser como existencia situada.

Merleau-Ponty entiende el cuerpo desde la carne y la sensibilidad compartida.

Sartre introduce la mirada del otro.

Butler pregunta por las condiciones políticas de la aparición.

Deleuze piensa el cuerpo como potencia, afecto y devenir.

Nancy como ser-con.

Levinas como exposición ante un otro irreductible.

Desde este cruce, el ser escénico puede formularse como una hipótesis:

«El ser escénico no es una esencia del intérprete ni una propiedad de su cuerpo. Es un modo de existencia relacional que acontece cuando un cuerpo, situado en un espacio y un tiempo compartidos, se expone a otros cuerpos y transforma el campo sensible de esa relación.»

Por eso no sería suficiente hablar de presencia.

La presencia puede describir una cualidad.

El ser escénico describe un acontecimiento.

No se trata simplemente de estar.

Se trata de hacer aparecer.

No se trata solamente de ser visto.

Se trata de producir algo en el encuentro con quien mira.

No se trata de tener aura.

Se trata de generar las condiciones para que una experiencia de singularidad pueda acontecer.

No se trata de tener duende.

Se trata de entrar en ese territorio incierto donde algo puede irrumpir.

No se trata de representar un cuerpo.

Se trata de poner un cuerpo en relación con otros cuerpos.

De la pantalla a la carne

Esta discusión adquiere una dimensión particular en el presente.

Vivimos rodeados de imágenes de cuerpos. La virtualidad nos ha enseñado a construir una apariencia de presencia. Aprendemos a posar, seleccionar, editar, iluminar, repetir y publicar.

En cierto sentido, aprendimos a farmear aura.

Pero la escena plantea una dificultad que la pantalla puede postergar:

el cuerpo tiene que estar.

Tiene peso.

Tiene temperatura.

Tiene cansancio.

Tiene respiración.

Tiene límites.

Puede fallar.

Puede ser afectado.

Puede afectar.

Cuando el cuerpo sale de la pantalla y se encuentra con otro cuerpo, la presencia deja de ser solamente una imagen que circula.

Se vuelve acontecimiento.

Tal vez por eso la escena continúe siendo un territorio tan particular en una cultura saturada de imágenes.

Porque allí el cuerpo todavía puede producir algo que no se deja convertir completamente en imagen.

El cuerpo aparece.

Y al aparecer transforma el espacio.

Transforma la mirada.

Transforma el tiempo.

Transforma a quien lo observa.

El ser escénico sería entonces ese instante en el que un cuerpo deja de ser simplemente algo que está allí y comienza a producir un aquí y ahora compartido.

No sabemos exactamente cuándo sucede.

No podemos garantizarlo.

No podemos almacenarlo completamente.

No podemos poseerlo.

Podemos apenas construir las condiciones para que acontezca.

Por eso, quizás, ser escénico no sea tener algo que los demás no tienen.

Sea una forma particular de poner el cuerpo en riesgo de aparición.

Y entonces la pregunta inicial vuelve, pero transformada:

«¿Qué hace que un cuerpo aparezca?»

Quizás la respuesta no esté dentro del cuerpo.

Quizás esté entre los cuerpos.

Porque el ser escénico no consiste en aparecer para ser visto.

Consiste en hacer que algo aparezca entre quienes están allí.

(Noche de eclipse en la costa del Río Dulce.
Charlando sobre esto con Sergio, Eli, Víctor, Caro, Néstor y Pablo.
El río, la noche, el eclipse y esas conversaciones que se abren y no terminan nunca.
Pensarnos siempre es un amor)

CUANDO EL CUERPO ESCRIBE.

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