Una reflexión a partir de una conversación con Carla Díaz, bailarina, tallerista y activista afro de Santiago del Estero.
Hay palabras que no son inocentes. Nombrar algo como afro movimiento no es simplemente elegir una denominación estética, una categoría coreográfica o un recurso conceptual para una obra de danza contemporánea.
Esta reflexión surge de una charla con Carla Díaz, bailarina, tallerista y activista afro de Santiago del Estero, que me llevó a detenerme en el uso de ciertas palabras y en las responsabilidades que asumimos cuando nombramos identidades, culturas y movimientos sociales desde nuestras prácticas artísticas.
Lo afro tiene una historia. Una historia de resistencia, de lucha contra el racismo, de reivindicación identitaria y de visibilización de las personas afroargentinas, cuya presencia ha sido históricamente negada, invisibilizada o relegada en los relatos oficiales de nuestra identidad nacional.
Por eso, cabe preguntarse: ¿qué estamos nombrando cuando hablamos de afro movimiento desde la danza contemporánea? ¿Estamos reconociendo una historia, unos cuerpos y unas experiencias culturales concretas, o estamos utilizando una identidad política como recurso estético?
La danza contemporánea tiene la posibilidad de cuestionar los lenguajes, experimentar con los cuerpos y producir nuevos sentidos. Pero esa libertad creativa no nos exime de la responsabilidad sobre las palabras que utilizamos ni sobre las historias que ponemos en juego.
Cuando, con la intención de nombrar algo o de aportar una idea, terminamos ofendiendo a un movimiento que lleva años luchando por la visibilidad de las personas afroargentinas, es necesario detenernos, escuchar y revisar nuestras prácticas.
No se trata de prohibir la experimentación artística, sino de comprender que el arte no existe por fuera de la historia ni de las relaciones de poder. El cuerpo que baila también es un cuerpo atravesado por memorias, identidades y disputas políticas.
La pregunta no es solamente qué queremos expresar desde la danza contemporánea, sino también desde dónde hablamos, a quiénes nombramos y qué responsabilidades asumimos cuando lo hacemos.
Porque experimentar con el movimiento es una cosa; utilizar una historia de lucha sin reconocerla es otra.
Quizás el primer gesto verdaderamente contemporáneo sea aprender a escuchar antes de nombrar.