En la cultura digital contemporánea, la vergüenza ha mutado en un nuevo régimen de vigilancia. Lo que antes era una emoción íntima y contingente —el pudor o la torpeza ante la mirada ajena— se ha convertido en un mecanismo de control afectivo, eficaz precisamente porque se ejerce desde abajo, entre iguales. El término popular cringe (literalmente, “encogerse de incomodidad”) no solo designa lo que resulta vergonzoso o ridículo, sino que funciona como una tecnología social de regulación: el cringe indica lo que debe ser evitado, lo que no encaja, lo que amenaza con desbordar el consenso estético o moral del grupo. En la Generación Z, esta categoría espontánea opera como un neoconservadurismo emocional, en el que la vergüenza sustituye a la censura explícita y la homogeneización reemplaza al conflicto.
Vergüenza y auto-vigilancia
Michel Foucault señalaba que el poder moderno no se impone solo por la fuerza, sino por la interiorización de la mirada: el individuo se convierte en su propio vigilante. En el ecosistema digital, esa mirada se multiplica hasta el infinito. Cada publicación, cada gesto o palabra, está expuesta a la evaluación inmediata de los demás. El miedo a ser etiquetado como cringe produce una forma de auto-disciplina afectiva: los jóvenes aprenden a calcular su autenticidad, a dosificar su diferencia, a editar su espontaneidad.
La vergüenza, como señala Sara Ahmed, no es solo una emoción individual, sino un modo de “alinear los cuerpos con las normas sociales”. En TikTok, Instagram o X, los algoritmos recompensan la previsibilidad y penalizan la rareza. Ser “demasiado” —demasiado sensible, político, teatral, entusiasta— se convierte en un riesgo. La vergüenza funciona entonces como frontera estética y moral, delimitando lo “aceptable” de lo “excesivo”.
El neoconservadurismo afectivo
Pese a que la Generación Z se autopercibe progresista, ciertas dinámicas emocionales reproducen estructuras conservadoras. Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia, advierte que la exposición constante elimina la negatividad, es decir, la posibilidad de lo oculto, del misterio o la desviación. Todo debe mostrarse, pero dentro de los límites del gusto consensuado. La supuesta libertad digital se traduce en un nuevo puritanismo de la imagen, donde lo espontáneo se confunde con lo inadecuado.
El cringe actúa, así, como una forma de neoconservadurismo blando: no se impone por decreto, sino por la risa compartida. Es el ridículo —no el castigo— el que regula los comportamientos. En lugar de cuestionar las normas, los adolescentes aprenden a reproducirlas con ironía. El gesto del “humor meta” o la “auto-burla preventiva” se vuelve un escudo: antes de que me juzguen, me juzgo yo. Esta ironía defensiva, como diría Mark Fisher, neutraliza cualquier impulso de ruptura real: convierte la crítica en estilo y la diferencia en mercancía.
Cringe y economía del gusto
El cringe también revela una economía del gusto profundamente determinada por los algoritmos. Lo que se percibe como “vergonzoso” suele ser aquello que se escapa de las normas estéticas impuestas por la lógica de la visibilidad. Un cuerpo fuera del canon, una emoción sin filtro, una ideología expresada sin cinismo: todo lo que no encaja con la economía del like se vuelve material de burla o de incomodidad colectiva.
Zygmunt Bauman hablaba de la modernidad líquida como una sociedad del consumo de identidades. En las redes, esa fluidez se traduce en la obligación de reinventarse continuamente, pero siempre dentro de un marco reconocible. El cringe no castiga la diferencia, sino el fracaso de una diferencia “cool”. La singularidad debe ser calculada, moderada, rentable. En esa tensión, la vergüenza aparece como el recordatorio de los límites del yo: el punto donde la individualidad deja de ser estética y pasa a ser incómoda.
El fin de la rebeldía y la estetización del vacío
El efecto político del cringe es la desactivación del conflicto. La posibilidad de disentir, de exponerse o de sostener una posición política fuerte, se ve diluida en una estética de la neutralidad irónica. “Ser demasiado intenso” se considera un error de estilo. En lugar de manifestar deseo o pasión, se prefiere la distancia, el gesto autoconsciente, la pose que anticipa el juicio ajeno.
Mark Fisher describía este fenómeno como hedonismo depresivo: una cultura que disfraza su impotencia con humor. La ironía omnipresente se convierte en un antídoto contra el compromiso. El miedo al cringe es, en el fondo, el miedo a sentir sin comillas. Así, la Generación Z habita una paradoja: quiere autenticidad, pero teme el ridículo; busca identidad, pero rechaza toda intensidad que no sea irónica.
En ese sentido, el cringe no solo disciplina los cuerpos, sino también las emociones políticas. Ser “político” sin matices es visto como fanatismo; el entusiasmo, como ingenuidad. La vergüenza reemplaza a la censura: nadie prohíbe nada, pero todos aprenden a callar lo que podría resultar incómodo. La homogeneización de los afectos se disfraza de diversidad infinita.
Hacia una reapropiación del ridículo
Sin embargo, en los márgenes del cringe puede nacer una forma de resistencia. Reivindicar el ridículo —bailar mal, emocionarse, hablar sin ironía— puede ser una estrategia política y estética. Frente al neoconservadurismo afectivo, el cuerpo que se permite el error afirma su soberanía simbólica. Mostrar lo que provoca vergüenza es, hoy, un acto de disidencia.
Como sugiere Eve Kosofsky Sedgwick, la vulnerabilidad puede ser una práctica de apertura: una manera de desactivar el control afectivo. Tal vez el gesto más radical de esta época no sea la provocación ni la ironía, sino el permiso para el cringe: asumir lo torpe, lo no calculado, lo sensible. Rehabilitar la vergüenza como potencia de lo humano podría devolverle al deseo su capacidad de diferencia.