domingo, 16 de noviembre de 2025

Una Catrina en el CCB, en la sala de La Alumbra de Santiago del Estero, en el marco de La Noche de los Museos.

Una Catrina en el CCB, en la sala de La Alumbra de Santiago del Estero, en el marco de La Noche de los Museos. No comprender que La Alumbra es un acervo cultural vivo de nuestra provincia —una práctica que enciende la memoria y el vínculo con nuestros muertos— es desconocer su profundidad simbólica.
La Catrina es un ícono mexicano, un disfraz ampliamente explotado e importado. Introducirla en este contexto, sin una reflexión ni una relectura desde nuestras propias raíces, no constituye un gesto de intercambio cultural, sino un ejemplo de apropiación cultural: una toma superficial de símbolos ajenos, despojados de su historia y sentido.
Sin ese trabajo de contextualización y resignificación, la Catrina se vuelve apenas una máscara vacía, una piel sin contenido, que encubre —en lugar de iluminar— nuestras propias formas de recordar y celebrar a los muertos.
Cuando el audio no se acopla a la imagen, algo se fractura en la experiencia sensorial. La escena ya no vibra como un cuerpo coherente: lo que vemos y lo que oímos dejan de conversar. Esa disonancia no solo es técnica; es también simbólica. Es el síntoma de una desconexión más profunda entre los gestos culturales que ejecutamos y las raíces que pretendemos convocar.
Así ocurre cuando se instala una Catrina en La Alumbra sin un diálogo honesto con la memoria santiagueña. La imagen —su espectacularidad, su estética importada— no se acopla al “audio” de nuestras prácticas rituales: las voces, los cantos, los rezos, los silencios heredados que constituyen nuestro modo propio de encender a los muertos. La imagen dice una cosa; la memoria dice otra.

Y en esa desincronía se revela el problema: no es el símbolo extranjero en sí, sino la ausencia de escucha. La imposición de una figura ajena sin mediar reflexión es como superponer una banda sonora equivocada sobre una escena cargada de sentido: desorienta, desarticula, despoja. La potencia de La Alumbra —su condición de ritual vivo, de memoria corporal que se transmite en la comunidad— queda opacada por una máscara que no nos habla desde adentro.
Comprender esta fractura no implica rechazar el intercambio cultural, sino justamente lo contrario: asumir que todo verdadero intercambio exige conversación, tiempo, cuidado y memoria. Exige que la imagen y el audio se encuentren en un punto de resonancia mutua, donde lo que viene de afuera pueda enlazarse con lo que late adentro, sin borrar ni desplazar, sino ampliando la potencia simbólica del territorio.

Cuando la imagen escucha, el audio responde.
Cuando la memoria es honrada, el símbolo se transforma.
Solo entonces la escena vuelve a tener cuerpo.

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