En Santiago del Estero, cada primero y segundo de noviembre, cuando el aire se vuelve tibio y el campo huele a flores y velas, los cementerios se llenan de vida. Es la Alumbrada, una tradición popular que reúne a las familias en torno a sus muertos. Lejos de la tristeza o el silencio, la noche se ilumina con miles de velas que arden junto a las tumbas: no se llora la ausencia, se celebra la presencia.
La Alumbrada es una forma de diálogo entre mundos. Los vivos se acercan al cementerio para acompañar el regreso de las almas, que, según la creencia, vuelven por una noche a visitar sus hogares. Se limpian las tumbas, se adornan con flores, se encienden velas y se comparten alimentos. Algunas familias llevan guitarras y cantos; otras simplemente conversan, recordando anécdotas del difunto, como si aún estuviera ahí. En esa comunión de luz y silencio, la muerte pierde su filo y se vuelve un gesto de continuidad.
Desde una mirada simbólica, la luz de las velas representa la guía del alma, pero también la persistencia de la memoria. Cada llama encendida afirma que el vínculo con los muertos no se apaga; que la comunidad se sostiene gracias a esa red invisible de presencias. En palabras de la antropóloga Rita Segato, los rituales de los pueblos latinoamericanos son “formas de mantener vivo el tejido social frente a la disolución del olvido”. La Alumbrada, en este sentido, teje comunidad a través del recuerdo.
Esta práctica tiene raíces que combinan elementos del catolicismo popular y de antiguas cosmovisiones indígenas. La idea del alma que regresa, del fuego que acompaña, y del cementerio como lugar de reunión colectiva, proviene de una sensibilidad ancestral en la que la muerte no separa, sino que reintegra al ciclo de la vida. Así, el cementerio no es un espacio de fin, sino de tránsito; un territorio liminar donde la vida y la muerte coexisten.
La Alumbrada de Santiago del Estero es también un acto de resistencia cultural. En tiempos donde la modernidad tiende a ocultar la muerte y a relegarla a lo privado, esta celebración la devuelve al centro de la comunidad, como parte esencial de lo humano. La muerte, iluminada por la llama de las velas, se vuelve una presencia amable, cotidiana, necesaria.
La Alumbrada no es solo un homenaje a los muertos, sino una afirmación de la vida compartida. Cada vela encendida es una conversación con el tiempo, una ofrenda a la memoria, una forma de decir que seguimos juntos. En la noche santiagueña, los huesos, la tierra y la luz se confunden en una misma respiración: la del pueblo que no olvida.
Negra 77
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