lunes, 3 de noviembre de 2025

El cuerpo como territorio colonizado: actuar la violencia sin resignificación.


En muchas obras que dicen luchar contra el patriarcado, las mujeres actrices vuelven a ser vehículos del daño, no sus transformadoras. Se les pide que encarnen la violencia, que muestren el cuerpo herido, violado, humillado, en nombre de la denuncia. Pero esa puesta en escena, cuando no pasa por un proceso de resignificación, termina repitiendo la gramática patriarcal que dice querer desmontar. El cuerpo femenino vuelve a ser objeto de exposición, superficie del escándalo, sin alcanzar el estatuto de sujeto político.

François Dubet ofrece una clave para pensar esta trampa: la acción social contemporánea se estructura entre la integración, la estrategia y la subjetivación. En muchas de estas obras, las actrices son integradas en un discurso institucional del feminismo como estrategia estética —una especie de “mercado del dolor” escénico—, pero se les niega la subjetivación real. Actúan la violencia, pero no la reescriben. La experiencia se consume como imagen, no se elabora como pensamiento. El teatro que debería cuestionar la mirada termina satisfaciéndola.

Hans-Thies Lehmann advirtió que el teatro posdramático podía caer en la trampa de la espectacularización del cuerpo: cuando el cuerpo se muestra como residuo o carne, pero sin mediación simbólica, corre el riesgo de convertirse en signo vacío del sufrimiento. En nombre de la radicalidad, algunas puestas perpetúan la pornografía del dolor, repitiendo el gesto patriarcal de disponer del cuerpo femenino para conmover, no para emancipar. La violencia, sin resignificación, se vuelve una forma de obediencia estética.

Actuar la violencia sin resignificación no es resistir: es encarnar la dominación bajo otro lenguaje. En esos casos, el teatro deja de ser un espacio de experiencia crítica (como lo plantearía Dubet) y se convierte en un ritual de repetición del trauma. La herida no se transforma en conocimiento, sino en espectáculo. Y así, lo que se proclama como denuncia deviene reafirmación del orden simbólico del patriarcado, donde el cuerpo de la mujer vuelve a ser el lugar del sacrificio.

La verdadera resistencia escénica —la que Dubet llamaría una experiencia de subjetivación— aparece cuando las actrices piensan su propio cuerpo como lenguaje, cuando la violencia se traduce, se desplaza, se deforma, se retuerce hasta dejar de ser reconocible como imagen de víctima. Solo entonces el cuerpo deviene lugar de pensamiento y no de repetición.
Porque si la escena no transforma la mirada del espectador, la violencia no se denuncia: se reproduce con una nueva coartada ética.
Negra77 

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