En el teatro contemporáneo, particularmente en el marco posdramático (Lehmann) y en las teorías performativas (Schechner, Fischer-Lichte), la noción de agencia del actuante adquiere una centralidad que desafía las concepciones representacionales clásicas. El actuante ya no es un transmisor de emociones ni un ejecutor de psicologías preconfiguradas, sino un operador de fuerzas sensibles cuya acción se orienta a activar un campo perceptivo específico. Esta agencia se manifiesta como una capacidad de gestionar la presencia, redistribuir tensiones, modular intensidades y sostener el deseo que impulsa la acción, produciendo condiciones para que el acontecimiento escénico se torne significativo. En este sentido, la agencia no es dominio sobre el espectador, sino un potencial de apertura, una forma de cuidado que organiza atmósferas sin clausurarlas.
Sin embargo, esta agencia sólo adquiere pleno sentido cuando se reconoce simultáneamente la soberanía del espectador como co-autor del acontecimiento. La crítica de Jacques Rancière al paradigma del espectador pasivo resulta especialmente pertinente: el espectador no es un receptor neutral, sino un sujeto que relaciona, interpreta, reconstruye y desplaza lo que observa desde su propia historia y sensibilidad. De allí que la soberanía del espectador no desarticule la agencia del actuante, sino que la complemente: mientras el actuante habilita un territorio afectivo, el visitante —con su memoria, sus asociaciones y su imaginación— ejerce su derecho a completar, resistir o transformar la experiencia.
Fischer-Lichte profundiza esta relación al proponer la noción de autopoiesis de la performance, entendida como el bucle dinámico y recursivo que emerge entre actuantes y espectadores en cada instante de la escena. La emoción, bajo este enfoque, no pertenece a nadie en particular; es el resultado de una interacción viva y mutable. La escena se vuelve un sistema autoorganizado donde el actuante gestiona condiciones y el espectador, desde su soberanía interpretativa, co-produce sentido.
Esta perspectiva puede enriquecerse desde una lectura descolonial, como la propuesta por Silvia Rivera Cusicanqui, para quien toda forma de relación estética implica un entramado de poder, sensibilidad e imagen que debe evitar reproducir mecanismos de imposición. La soberanía del espectador puede entenderse entonces como una práctica ch’ixi, donde múltiples interpretaciones conviven sin sintetizarse, resistiendo cualquier forma de homogeneización emocional o conceptual.
Desde estas articulaciones, la gestión del actuante se redefine no como control sobre el sentir del otro, sino como responsabilidad ético-estética hacia un espacio afectivo compartido. La escena contemporánea se afirma así como una ecología relacional en la que la agencia del actuante y la soberanía del espectador no se oponen, sino que se requieren mutuamente para que el acontecimiento escénico pueda existir como un lugar de encuentro, transformación y multiplicidad interpretativa.
Foto: ensayo Sergio Chazarreta.
La negra77
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