La democracia contemporánea se encuentra tensionada por el avance de nuevas derechas que se sostienen en relatos de miedo. Estas narrativas designan como amenaza a colectivos específicos: personas migrantes, mujeres empoderadas, obreros organizados, disidencias sexuales. De este modo, se construye un enemigo interno y se simplifica la complejidad social. En este contexto, el arte aparece como un territorio de resistencia y, sobre todo, como una contra-narrativa capaz de interrumpir el sentido común y reabrir preguntas sobre lo que se considera justo, posible y deseable.
La potencia de la contra-narrativa
El concepto de contra-narrativa implica un gesto de oposición al relato hegemónico. No se trata únicamente de ofrecer un relato alternativo, sino de desestabilizar el orden de lo decible y visible. Jacques Rancière lo denomina una redistribución de lo sensible: el arte reorganiza quién puede ser visto, quién puede hablar y qué se reconoce como experiencia válida. Frente al discurso que convierte a los migrantes en amenaza, por ejemplo, una obra de teatro documental puede devolverles nombre, historia, singularidad, quebrando la lógica de la masa anónima.
Humanizar lo deshumanizado
Judith Butler advierte que el poder decide qué vidas son “llorables” y cuáles no. Las narrativas reaccionarias suelen deshumanizar a ciertos colectivos, presentándolos como carga social o peligro. La contra-narrativa artística tiene la capacidad de reinstalar su humanidad, de mostrar que esas vidas importan. Desde el cine que documenta el éxodo de refugiados hasta la fotografía que retrata el trabajo doméstico de las mujeres migrantes, el arte habilita una mirada ética que produce empatía en lugar de miedo.
Desordenar el lenguaje
El poder se expresa en un lenguaje que normaliza exclusiones. El arte puede desordenar ese lenguaje, jugar con la ironía, el humor, el absurdo o la poesía para desmontar las certezas que sostienen el odio. Bertolt Brecht lo comprendió al proponer el “efecto de distanciamiento”: el espectador debe salir de la pasividad, debe ser sacudido para ver de otro modo. En tiempos de asedio democrático, el arte que incomoda puede ser más eficaz que el que solo denuncia.
Afectos colectivos y deseo político
Las nuevas derechas movilizan miedo y resentimiento. El arte puede movilizar esperanza, indignación, ternura, solidaridad. Augusto Boal, con su Teatro del Oprimido, demostró que el escenario podía convertirse en ensayo para la acción política, generando experiencias colectivas de empoderamiento. La contra-narrativa no es solo racional, es también afectiva: produce vínculos y activa el deseo de transformación.
Perspectivas latinoamericanas
En América Latina, el arte como contra-narrativa se ha vinculado estrechamente con procesos de memoria, resistencia y descolonización. Silvia Rivera Cusicanqui propone la noción de ch’ixi para pensar identidades no asimiladas, mestizajes conflictivos que desafían la homogeneidad cultural. Esta idea puede inspirar prácticas artísticas que mantengan la tensión entre mundos sin buscar una síntesis forzada, visibilizando la heterogeneidad social.
Por su parte, Nelly Richard ha explorado cómo el arte puede operar como crítica cultural en contextos de dictadura y postdictadura, generando “interferencias” en el discurso oficial y abriendo espacios para lo no dicho. Estas miradas subrayan que la contra-narrativa en el sur global no solo responde al avance de las nuevas derechas, sino que también cuestiona las herencias coloniales y patriarcales que atraviesan nuestras democracias.
Ejemplos de resistencia artística
En la actualidad, existen múltiples experiencias que encarnan esta función contra-narrativa:
Forensic Architecture, colectivo que combina arte y tecnología para investigar violaciones de derechos humanos y contradecir versiones oficiales.
LasTesis, colectivo chileno que con el performance “Un violador en tu camino” logró articular una denuncia global contra la violencia patriarcal.
Teatro La Candelaria (Colombia), pionero en el teatro de creación colectiva, que ha desarrollado obras sobre memoria, conflicto armado y construcción de paz.
Grupo Cultural Yuyachkani (Perú), que utiliza el teatro como herramienta de memoria y sanación frente a la violencia política.
Mujeres Creando (Bolivia), colectivo anarcofeminista que interviene el espacio público con grafitis, performances y acciones directas, desafiando el patriarcado y el racismo desde una perspectiva radical y poética. Su propuesta anarcofeminista no solo confronta el poder institucional, sino que construye una estética de resistencia que combina humor, irreverencia y poesía callejera. Este enfoque produce una contra-narrativa que desarma los discursos patriarcales desde la creatividad, revelando que la protesta puede ser también un acto estético y transformador.
Escena Poblenou (México y Latinoamérica), festivales y colectivos de arte callejero que toman el espacio público para visibilizar luchas sociales.
Obras de teatro verbatim como Migrants de Alecky Blythe, que restituyen las voces de migrantes en primera persona.
Intervenciones callejeras y acciones de memoria en países como Argentina y Colombia, que disputan el espacio público frente al olvido y la impunidad.
El arte como contra-narrativa no es propaganda ni simple ilustración de un programa político. Su potencia radica en su capacidad de producir dislocación: abrir grietas en el relato dominante, devolver humanidad a quienes han sido borrados, y generar nuevas formas de sentir y pensar colectivamente. En tiempos de asedio democrático, esta función es urgente: el arte no solo reacciona, sino que imagina futuros donde la convivencia sea posible y la democracia se profundice en lugar de retroceder.
Negra77